VUELTA POR EL UNIVERSO

Pasar por las orillas de la inmensidad sin nada que decir es negarnos que vinimos por algo.

Hace un buen tiempo que no encendía un incienso. Había olvidado el aroma de los que tenía guardados en una bolsita. Azules, como de diez centímetros o quizás más.

No sé por qué no lo había hecho, nunca hubo una razón para dejarlos allí, sobre el librero de mi pieza. Alguien me dijo que puede ser porque después tanto maltrato, el cuerpo duele hasta perder las ganas de todo. Puede que esté en lo cierto.

El punto es que volver a encender uno es como darle sabor al agua, como hacer el amor y no sólo tener sexo, como ver los primeros brotes después del frío. Es como esa sensación de estar a las puertas de algo esperado y retrasado. Es para mi olfato ver-de nuevo, el anuncio de otros rumbos, de otras vidas.


Con este aroma las cosas ya no son definitivas, hay miles de nuevas caricias recorriendo mi espalda y cada vez están más lejos las mismas figuras que pidieron aire y se ahogaron en sus propios miedos. En este nuevo color, no hay espacio para las estafas ni para arrepentimientos.

ABANDONADO a mi suerte, me voy riendo de la vida y de sus mentiras, de las entradas tan cerradas y de los amores que fingieron. Van todos agrupados junto a los daños recibidos y a tus exquisitos besos mal venidos. Si hay algo que me molesta es saberme certero y que tus silencios confirmen estos pensamientos.

Dentro de un globito, las ideas chocaban entre sí, como estúpidas invenciones voladoras sin rotor de cola. Se dejaban llevar con el poco viento que entraba en esa esfera. Chocaban, se rompian, se acababan, pero daba igual, era un estilo, una forma, un modo de vida. ¿Destructivo? no importaba.

En un cuarto, las ondas que se hacían llamar colores, quemaban espacios de forma aleatoria. Todas felices. Todas libres.

En una jaula, los monos correteaban, saltaban, disfrutaban.Todos se mentian, todos se reían, todos no conocían afuera.

Cuando un día el globo se reventó, el cuarto se derrumbó, la jaula se abrió, todos se quedaron pasmados, acobardados y patéticos. Todos estaban afuera, pero tenían miedo a lo que veían, a lo que vendría, a lo que tendrían que construir. Todos renegaron alguna vez de estar adentro, renegaron de sus límites, pero cuando la libertad de verdad se les ofreció, todos actuaron como niños, aferrados a las faldas de lo conocido.
Los rebeldes son todos unos pendejos cuando tienen que enfrentarse a la belleza de la verdadera revolución, no a la de creerse autónomo automarginándose, sino a la de construir algo real y preciso, algo que sirva al universo, algo que proponga. Alguna vez hay que dejar de eludir, dejar de ser una pulga arrancando de los dedos del destino y enfrentarlo.

Los monos saltaban de alegría y la jaula se estremecía. (La alegría era por el estremecimiento de la jaula).
Claro estaba que los (malditos) dueños de esa empresa no tenían la menor intención de darles un gramo más de frutas a esos ignominiosos energúmenos, que gozaban con asirse a los barrotes oxidados por tantos años de circo.
Mucha menos esperanza tenía la mirada del León. Ni siquiera capaz de gruñir cuando alguna persona desconocida se acercaba a su territorio (de apenas unos metros cuadrados) dentro de una porqueriza inmunda. Se sentía miserable y sin su gallardía de rey.
Sus ojos, en lágrimas espesas, sintonizaban cada milímetro del hediondo circo.
Violeta levantó su mochila y al llevarla al hombro derecho echó la última mirada al grotesco show. En ese instante un peliento y haraposo petiso entró a la jaula del León y, con un latigazo, hizo retroceder al felino. Sin razón, comenzó a dar consecutivos latigazos dirigidos a la cabeza del animal, mientras su mirada delataba una excitación enferma por la violencia. Uno de los latigazos llegó al ojo izquierdo del animal, haciéndolo reventar en sangre y provocando un dolor insoportable a Arturo. (Nombre de rey para el Felino). Se llevó las patas delanteras hacia la cara como queriendo arrancarse el sufrimiento e intentando comprender porqué hace tanto tiempo estaba encerrado en ese infierno. Eran ya ocho años.
Pero encontrar una respuesta no eran más que una ilusión tormentosa... Su ojo no sólo lloraba sangre, sino pena, pena de saber que todos los que veían su injusticia sólo movían la cabeza. Nada más humano, nada más animal en el hombre que aquello. Y violeta lo entendió cuando rompió el candado que encerraba a Arturo.

Giran como un mantra en mi cabeza, los acordes que George me dejó a mí y a nadie más. Y me voy mareando al entrar en el edificio y encontrar todavía algunos pedacitos de mi historia, puestos en lugares que siempre se me aparecieron en sueños. Los cuadraditos rojos del piso, que a estas alturas quedan como tesoro arqueológico del nacimiento de aquel intento de ser una gran escuela, todavía soportan las carreras de los hoy niños.

No lo puedo evitar. El corazón se me acelera hasta que bombea las lágrimas que guardo en mi pecho desde hace tanto tiempo. Del viejo edificio ya casi no queda nada, salvo el piso y una de las dos escaleras en las que nos quedabamos con mis amigos para poder verle los calzones a alguna desprevenida, incluidas las profesoras de figura más generosa.

Qué será de Saldías, López, Bustos, Barra y otros tantos pequeños brutos con los que me juntaba a reir con carcajadas interminables. De ellos no sé nada hace ya trece largos años. Después de todo eso es la mitad de mi vida. De algunos otros sí sé. Cisternas es futbolista y juega en la Universidad de Chile, la Jacqueline Hernández murió de Leucémia y nunca supe cómo murió la Carmen Gloria Martínez, esa simpática gordita que estuvo enamorada de mí los ocho años de la Básica.

Ahora me centro en las formas externas del edificio para intentar acallar la nostalgia de esos amigos que perdí en el tiempo y las circunstancias. "Al menos los ingenierillos se preocuparon de mantener el ala de concreto que tenía la vieja escuela", pienso, y al girar para mirar hacia la entrada, veo a mi madre de los conocimientos. Mi profesora, Marcia Orellana. Cuando me acerco a saludarla es inevitable el llanto. Las lágrimas me ganaron como pocas veces.

Ella me crió por ocho años en aquel antro de ignorancia e incompentencia. Era una joya entre los profesores. Pero aunque en el equipo de docentes había imbéciles de la talla del ahora concejal por Hualpén Luis Chamorro, ella igual era capaz de brillar con luz propia. Quizá por eso los papás decidieron que ella pasara de la jornada de la tarde hacia la de la mañana para que nos acompañara hasta salir de octavo básico.

No puedo decir nada, si lo hago, voy a llorar como un niño. Mejor espero a que pase la emoción y luego le hablo.


Una de las carcajadas más grandes que he soltado el último tiempo y la corroboración que la calidad de nuestro sistema educacional está metida en una letrina, me dejó la visita a emol.com que hice el mediodia de este domingo.
Para mí no es un misterio que los santiaginos no tienen idea de lo que pasa en el resto del país, pero al menos mis coleguillas periodistas podrían saber un poquito más de geografía nacional.
Así, sin más ni más, corrieron como 300 kilómetros para el norte a la capital de la región de la Araucanía, para dejarla en medio de la región del Bío Bío. Simplemente de colección. (ver infografía, arriba)

Cierto es que el Gobierno de Augusto Pinochet y secuases, apoyó a Gran Bretaña durante una de las guerras más imbéciles de las que tenga conocimiento, la de Las Malvinas. Pero también es cierto, querido Dany, que no es que Chile entero haya estado tras otra de las acciones oscuras de nuestro indecente dictador con tintes de tirano.

Yo supongo que después del cuasi conflicto que, los descerebrados que nos gobernaban por esos años, provocaron entre nuestro dos países, muchos de mis compatriotas debieron haber visto con mucha alegría la derrota con aspecto de partido de fútbol, que la Argentina sufría a manos de los padres de la bestia (digo Gran Bretaña). Pero también puedo y quiero prentender que cuando se conocieron los horrores de esa estúpida y desigual guerra, la gran mayoría sintió asco y vergüenza de la actuación de Chile en aquella carnicería. No creo que hoy podamos decir, los chilenos, que nos hacemos participes de esa decisión. Además, en esa época incluso había un gran grupo de miopes que nisiquiera era capaz de darse cuenta que lo que sucedía acá mismo era un horror sangriento y algunos hasta lo justificaban. Así que creo, por estos lados del mundo, no abundaban las neuronas activas como para exigir cordura.

Y aún más, ya que citaste algún documento histórico, acerca de la unión entre los pueblos americanos, quisiera recordar que, efectivamente, Chile se enfrascó en una corta guerra contra los Españoles, en defensa de Perú el 24 de Septiembre de 1865.

España, se había apoderado de unas islas guaneras llamadas Chinchas, lo cual significó un gran daño económico para Perú. En post del espíritu americanista, Chile decidió expulsar a los españoles en conjunto con la armada peruana, y aunque se hicieron peticiones a otros países de sudamérica, curiosamente ninguno se hizo de la defensa de su continente.

Algunas de las consecuencias para Chile de esa guerra de hermandad fueron graves daños, que van desde el bombardeo a Valparaíso; bloqueos de sus puertos, por parte de la escuadra española; pérdida de la flota mercante y de su hegemonía comercial en el Pacífico (destrucción de los Almacenes Fiscales de Valparaíso).

En fin, supongo que la cordillera de Los Andes también ha influido a lo largo de la historia, en que estemos más alejados de lo que sucede en el resto de américa "¿latina?", pero en realidad creo que eso es algo que se repite con todos lo países de este lado del mundo. Si no, qué saben los brasileños acerca de lo que pasa en Perú o los Colombianos acerca de Paraguay, o nosotros acerca de Ecuador y qué saben los argentinos sobre los venezolanos.

Estoy convencido que es un problema de toda latinoamérica y no sólo de Chile, es sólo que nosotros estamos en el centro del huracán por nuestra reciente explosión económica. Pero en lo demás, parece que nos falta aprender a ver y oir más por nuestra querida sudamérica.

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