Piñera se saltó la fila para subir a su avión (porque es SU avión) y después se arrepintió (cuéntate una de vaqueros) y dijo que no debería haber aceptado el "trato" (ja) que le ofreció una funcionaria.
Pero acá no me importa mucho lo que hizo o dejó de hacer Piñera, o sea, Piñera no me interesa en general, sin embargo a lo que voy es al hecho de saltarse la fila. Odio ese comportamiento picante, rasca, burlesco e infantil de no respetar el turno del otro. Me pasa en los bancos, me pasa en las tiendas, en los negocios del barrio, en la fila del registro civil, en la fila del cine. Siempre hay un idiota dispuesto a pasarse por el trasero a todos los que respetamos fielmente a nuestros prójimos, incluido el idiota. Y la manera más habitual es allegarse a alguien conocido, como si el puesto en el que se ubica tuviera una etiqueta de "reservado". Más de alguna he discutido con alguien por haber hecho eso. Lo único que puedo decir es que ese gesto antiestético por excelencia debería ser reprimido, erradicado (woo, qué totalitario el lenguaje). Puaj!!!
Hace unos dos meses hicieronme llegar una caja para reciclaje de papel blanco. Entonces, religiosamente, le fui dando sentido con aquellos oficios, cartas y fotocopias mal venidas que habitualmente hubiesen llegado a un basural hediondo fuera del Gran Concepción.
Después de dos meses, uno de mis colegas, asiduo al poco común gesto de preocuparse por las bondades de nuestro planeta, retiró todo lo acopiado dentro de esta "BOX" y unió su contenido al de varias otras similares.
Los resultados fueron sorprendentes. En dos meses logramos evitar el corte de 3.4 árboles, la utilización de 817 Kw/h de energía, la pérdida de 74 mt3 de agua y el desperdicio de 1.4 mt3 de basura. 200 kilos de papel que se reciclarán. El equivalente a 10 resmas de papel carta mensuales que se hubiesen malgastado, sólo por el hábito de cometer errores en su utilización o por una mala jugada del toner de la impresora.
Por ello, de hoy en adelante me comprometo a reciclar el papel, aunque sea el blanco.
Bien dicen que el fútbol es pasión. Digamos que algo así como una cosa incontrolable a la que se dedica tiempo y hormonas, buscando hasta el más mínimo detalle para justificar lo injustificable, o hundiendo profusamente el dedo en la herida recién abierta por alguna derrota o ulcerada por dolores históricos de una hinchada.
Ahora bien, si toda esta idiotez es volcada en un medio en el que las empresas pagan por tener idiotas viendo su marca, el resultado son noticieros de televisión compuestos por frígidos 40 minutos de fútbol y comentarios obvios de sus protagonistas y observadores.
Lo anterior no sería problema si fuésemos una sociedad más bien equilibrada. Y ni siquiera hablo de lo económico, sino de lo emocional. Porque resulta insano ver, en un espacio por esencia informativo, los llantos más pelotudos y los fraseos menos pensados de nuestra especie. ¡Aguaaaanteeeee el aaaalboooo! ¡No existen fracasaaaaaaadooooos! Y otras expresiones pseudohumanas, emitidas con un gesto que asemeja la cara de un caballo y con la lengua medio traposa. ¡Soberana estupidez!

No quiero ser un quejumbroso ni tendiente a depresión. Sólo quiero expresar algo que se me vino a la cabeza hace unos momentos y que no es más que las sensanción de perder el tiempo. No en el sentido de no hacer nada, sino en el sentido de no hacer las cosas que quiero hacer cuando quiero hacerlas.
La rutina es algo que se torna fundamental, porque es a lo único que aspiro diariamente, y no en un sentido negativo, me encanta mi pega y la hago con cariño (por primera vez en años, por lo demás) mas por cuanto me mantengo productivo para los demás, aportando todo lo mío en algo que elegí hacer.
El punto es que de pronto quiero leer o cantar, o escribir una canción o una frase poética, pero en un lugar que sea distinto del que estoy ocupando, me gustaría ir a casa y a lo mejor volver. Talvés conducir mi autito mientras el sol nos de en la cara. Pero no puedo, tengo que hacer lo que elegí. Mi súper yo me lo ordena.

El verano pasado viajamos con mi Grette a Chiloé. Como siempre lo quise hacer, nos subimos a nuestro querido Peugeot 106 blanco 1.1 de 2004 y nos mandamos cambiar rumbo a la "Isla Grande". Y entre los cientos de lugares que recorrimos, estuvo Mechuque. Una pequeña isla aledaña en la que nos encontramos con un particular museo, el de Don Paulino.
Fue entonces cuando mi Grette, asertiva ella, le preguntó ¿y por qué el museo tiene el nombre de su padre y no el de su madre, o el de los dos?. Justo ahí el tipo, del que no recuerdo su nombre, se quebró y casi con cara de descolocado dijo- me duele lo que usted me pregunta, pero tiene razón, aunque no encuentro una explicación- y para evitar algún tipo de reacción inesperada, decidimos cambiar la conversación y salimos raudos del lugar. Obvio, un chilote apartado con crianza machista, pero con amor hacia su madre, se dio cuenta de algo que nadie le había refutado, probablemente.
En todo caso, fue algo bien pintoresco y recomendable. De allí me quedaron estas tres fotografías.
La semilla germinó y el incipiente arbolito ahora se muestra con fuerza. Pero a su lado crecieron cuatro pequeños tallos verdes. Son tréboles y uno de ellos es de cuatro hojas. Suerte la mía.


